PRISMA: Aquello que olvidé, por Marco Salas.

Tuve la intención de olvidar los libros de una biblioteca abandonada, las esquinas de un vasto laberinto, las biografías interminables, un ignoto personaje o una vieja leyenda oriental; las manos de una anécdota sin fecha, las citas sin autor. Procuré con ahínco la indiferencia de incontables páginas contenidas en enciclopedias. Busqué el silencio de las Mil y una noches, la nostalgia del latín, las Sagas del Norte y el recuerdo de mis memorias (que son mayormente libros); dejar los siete mares y los cinco continentes. Preferí, sobre el tedioso recuerdo, la soltura de no comprender el hexámetro y las reglas del ajedrez, quebrar aquel espejo que sigue esperando hospitalario y fiel, la cadencia de Wordsworth, Emily Dickinson y Colderige, la Aliteración, el Túnel y La muerte de una máscara roja.


Refrené mi lengua a dictaminar en lengua de aves lo que la luz dispersa dio a la antigua India y el medioevo europeo, el Tajo y el Danubio, dos alegrías, Mixco, Barrios, la Antigua Guatemala, todo procuré soltar; la Visión de la Cruz, la Rosa que inició su liturgia, el blanco sol o la amarilla luna, el celeste de mi bandera y el Quetzal; la sábana de lino blanco que bajo la oscura noche no perderá su olor; procuré no remembrar más las lecciones helenísticas, los espejos de Borges y sus ciudades, el Sahara, Shakespeare, los infinitos de Cortázar y la elocuencia de Rubén Darío, el Romancero de la Luna argentino, Cicerón, Julio César y la hermosa Cleopatra, Cartago que inundada en sal no floreció más. Olvidar quise el equinoccio que vio el Canadá, las torres triangulares del América. Amorreos, egipcios y gitanos (si es que no son lo mismo), la vieja escuela de mis soledades, las manos sudadas y el capitán del purgatorio cegado.


Quise, de una vez por todas, dejar atrás aquello que no valió la pena recordar, aquello que en el anaquel de mis mocedades –como dije alguna vez– sigue siendo color transparente y dejar en el río cambiante de Heráclito los días de los que también están hechos los del Ulises. Sho, Buda y el milagro de los treintaitrés dioses y los treintaitrés paraguas, Lao Tsé, su conducta, su moral, su modestia que no buscó nunca ser retórica, el Indostán, Pérez Galdós, Rosa Montero con la loca de la casa que resulta ser la imaginación que todos llevamos dentro, los límites de la libertad de Stuart Mill, las encíclicas de los ortodoxos teólogos del primer mundo, El Gólem, el Aleph, la moneda de hierro, la otra moneda también de Odín leñador, el gato Peppo que algunos confundirán con Beppo, el gato mitad cordero, el gato negro de Poe, el gato de un cuento infantil que se veía en el espejo y que nunca supo que era él, el gato de la celestina, el gato de una pandilla, el gato silencioso sobre los tejados de los conventos hindúes, el gato que siendo mínimo tigre de salón conocerá el paraje verde en la literatura; aquel hombre que parecía un caballo y que nunca nos solventó la sospecha de que, en realidad, lo era. La Metamorfosis de Samsa, las letras del Muro, el otro muro también de Sartre, los muchos árboles que nacen y mueren de pie y aquellos poemas que escribí.


Ya hoy empiezo a no recordar aquel lugar de la Mancha donde todo empezó, empiezo a no recordar los molinos, y sus muchos absurdos y la cordura posterior que enloqueció a todos. Empiezo a olvidar también a Wells, Schopenhauer, Berkeley, el enterrador vivo, Heine y aquello que dijo en alemán: "Das küßte mich auf deutsch und sprach auf deutsch".

 

Lo otro, lo que no se nombra aquí, quizá ya fue olvidado también; quise dejar en el olvido todo, aun lo que no me da tiempo de escribir, en el olvido…

Y pude. 


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