prisma

El conocimiento

 

 

Este, ha sido un tema que ha interrogado a la humanidad a lo largo de su propia historia, y no pretendo con este pequeño artículo (si le podemos llamar así) resolver cuestiones que llevan miles de años en trato y que han sido sobrellevados por pensadores tan afamados a nivel mundial. Solo expondré mi punto de vista de lo que conocemos como Conocimiento.

 

La metafísica nos ha desprovisto de una mera realidad como tal. Por otra parte, los sentidos nos proporcionan, a groso modo, una cierta forma de interpretar lo que nos rodea; de aquí, que lo que recordamos sea plástico y borroso. Más allá de esto, se ha dicho que nada es transmisible por el arte de la escritura. Ninguna de estas afirmaciones puede ser cierta, como tampoco puede ser una total farsa (relatividad). Aquí es necesario recordar aquella frase maltrecha "solo sé que no sé nada". En realidad, y a manera de vindicación socrática, haré un pequeño paréntesis: la frase no se refiere a la ignorancia de un todo; sino, más bien, se refiere a esa atribución que tiene el conocimiento de reservarse, para sí, el todo de una ciencia. Es decir: no se puede saber nada con total certeza. Habrá algo que nos haga dudar, habrá algo que nos lleve a un punto difuminado y con vagas conclusiones. Aún en el caso de temas como: ¿estamos vivos?, o ¿existe el cielo azul? Pues bien, una vez cerrado el paréntesis, entramos nuevamente a la relatividad de las cosas, a temas meramente de Baruch Spinoza.

 

En primer lugar, diré que el conocimiento puede ser peligroso; cabe preguntarse: ¿Qué tipo de conocimiento? Bueno, la respuesta dependerá de la persona, su estatus, las circunstancias y la gente que le rodea. No puedo ser específico, pero un ejemplo que todos conocemos es el de Alonso Quijano. Además, todos somos en parte Alonso Quijano, queriendo ser, y a veces llegar a ser el Quijote. Y nuevamente nos encontramos ante esa disyuntiva realidad-ficción.  Se ha dicho que todo libro es, verbigracia, el conocimiento del hombre extendido en forma física. Se adjudica, entonces, la sapiencia escrita. Y veo aquí el problema literario de transmitir una realidad:

Describamos unas cuantas y elementales percepciones de la realidad por nuestros sentidos: estamos ante una planicie, en silencio, vemos un campo verde; y escribimos: el verde silencio de los campos, o, El silencio de los campos verdes. Es una estructura totalmente distinta a lo que queremos decir. A esto se debe que la literatura es incapaz, es estéril en la implantación de una idea concreta en la mente humana. No sé si hasta aquí he escrito bien.  

 

La cotidianidad nos presenta muchas formas de conocimiento. Por una parte, nosotros, que tenemos uso de la Razón, sabemos y tenemos conciencia de nuestro propio existir, de nuestro propio hecho de ser (motivo por el cual no haré diferenciación entre el Conocimiento y el Saber), pero existen también otras fuentes de conocimiento que nos son ajenas. Los animales (se cree) no tienen conciencia, ni son partícipes del tiempo ni de sus cuatro patas, es decir: no saben que existen más que en el mismo momento en que viven. Ahora bien, cuando hablamos de una piedra, constantemente, a lo largo de la filosofía y con ciertas excepciones, se ha dicho que una piedra es muerta. Pero, si esto fuera cierto, ¿qué hace existir a la piedra? Vuelvo a Baruch, nuevamente. Él, enfáticamente, afirmó que las cosas perseveran en su ser: "la piedra eternamente quiere ser piedra". Y nos perdemos en la metafísica nuevamente.


Dotémonos del conocimiento pleno, adjudiquémoselo a la Divinidad y nunca confiemos en lo que sabemos, puesto que es ilusorio, fluctuante, relativo. El conocimiento quizá se recuerde, puesto que lo sabíamos todo en el Edén, y la herrumbre del pecado lo ha borrado, y las generaciones lo perdieron. 



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Marco Salas

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