Prisma



El Minotauro

La diáfana cadencia de los espejos en su manto nupcial con la noche y el relente (de testigo), no dejó entrever el claro manantial de los soles al olvido. Y quizá, fuera de todo esto, el Minotauro encendido. Solo Teseo quiso no entender el olvido y el sueño cumplido. Ya todo pasó, ya todo cambia, si en el silencio de las blanquecinas paredes no hay tales de paciencia, y las puertas, ya sin llave quedan abiertas para el ocaso eterno del cual no hemos hablado.

El viejo Minotauro preguntó en sus últimas palabras si esto era justo, "Lo justo -se dijo- es que muramos ambos", pero no es este tu destino. Yo vivo, yo me dejo vivir, resonó la voz de Teseo, para que tú, exiliado al sueño, exiliado a las doncellas y a la lluvia morosa, puedas desde el alba, amanecer como toro o como hombre. Líbrate de la casa infinita, líbrate de los pasos gentiles y las huecas sutilezas afanadas de Creta. 
Teseo tiró a matar los actos, el eco de sus actos, el resonar lejano de la costa, y el mar (que era Ariadna); y no sin impiedad golpeó el eco de los cuernos, en el centro del lejano y perdido laberinto. ¿Cómo saber el rojo de la espada? si al centro de este mismo, el cielo se ha negado. 
Yace libre el hombre y el toro. Yace, no muerto sino acepto; pues solo este es el medio de matar a los monstruos.
"Hoy, pues, el hilo de oro a quien me sujeto me vuelve a ver mis pasos, pero tú, solitario monstruo perplejo, muere a tu carcel, muere a ti mismo, descansa, artificio mismo!"
Yace mudo, y quieto, quizá porque lo héroes, como el Minotauro, odian las palabras, pero aman los actos.


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Marco Salas

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